AMBIVALENCIA
Desde que la vio, supo que sera suya, y que se convertira
en su obra maestra. Tena un rostro perfecto, oval, con
grandes ojos tristes de mirada vaca, sin brillo, casi
translcida, aunque eso ya se arreglara, largas pestaas
rizadas y unos labios sensuales y carnosos, perfectamente
dibujados, aunque algo faltos de color. Sus dientes eran
blancos y su tez plida, marmrea incluso, como a l le gustaban,
sin esas absurdas y falsas moreneces tan plebeyas que la
estpida moda ha impuesto.
Luego, en la intimidad, cuando pudo ver su cuerpo desnudo,
comprob que su intuicin tantos aos dedicado a la belleza
no le haba engaado. Aunque no era alta, estaba perfectamente
proporcionada, con unos pechos que ni el mejor cirujano
plstico podra mejorar: abundantes sin exceso, de forma
exquisita, algo separados, con la aureola amarronada
formando dos crculos idnticos en cuyos centros se alzaban
los enhiestos pezones, casi de bibern. Y el reto acompaaba:
una cintura estrecha que se abra luego suavemente hacia
las caderas, un vientre plano acentuado por la suave depresin
del ombligo y la creciente colina del pubis, coronada por
un vello casi ordenado, levemente rizado, sin excesos.
La posey con furia, casi desesperado por aprehender tanta
belleza, a pesar de que ella no demostr ninguna pasin.
l la supli con abundancia. Y volvi a hacerle el amor,
casi con la misma intensidad.
El proceso de su transformacin fue ms largo de lo acostumbrado.
Tuvo que devolver a su apagada cabellera el brillo y la tersura
que debi tener algn da, cuando ella era apenas una adolescente.
Le lav el pelo con un champ vitamnico, lo reacondicion,
dndole volumen; lo ti, retornndolo a su color original,
un plido dorado que acentuaba el tono blanco de su piel;
lo cort y pein cuidadosamente, estudiando varias formas
y volmenes distintos, hasta encontrar la combinacin
que mejor acentuaba la delicadeza de sus rasgos...
Las sesiones de maquillaje fueron ms intensas y prolongadas:
una base apropiada consigui matizar algunos brillos
indeseados. Luego perfil sus cejas y las aclar era evidente
que en los ltimos tiempos ella se haba descuidado mucho,
puso color leve, apenas un roce acarminado, muy evas,
que consigui acentuar la viveza de su expresin en sus
mejillas, sombra grissea, como de ala de gaviota, sobre
sus prpados... Dud ante la mscara para las pestaas,
las tena tan largas y rizadas, pero luego se decidi por
un leve toque, algo muy sutil. Los ojos recobraron la mirada
brillante con unas apropiadas gotas de colirio.
Y el toque final lo puso el rouge en los labios, convertidos
ahora en una clara seal ertica y sensual.
Luego pas al cuerpo: tras matar los brillos indeseables,
unos roces de pincel en los senos, con tonos rojos muy oscuros,
convirtieron sus mugrones en dos toques de clarn y una
suave iluminacin con una tonalidad ms clara aument
la redondez mrbida de sus pechos.
Incluso recort el vello pbico, dndole forma de corazn,
en un arrebato, en un guio ertico slo destinado a l mismo.
El vestido fue an de ms difcil eleccin. Quiso que fuera
sin ropa interior. Le excitaba que luego, cuando la exhibiera
pblicamente, y todos alabaran su belleza, el supiera
que, debajo, su sexo estuviera disponible y slo ellos
dos compartieran el secreto.
Se decidi finalmente por un vestido sencillo, casi una
tnica corta, que terminaba justo sobre las rodillas,
dejando libres sus piernas a la admiracin de los hombres
y la envidia de las mujeres. Eran torneadas y de curvas voluptuosas,
tan hermosas como sendas columnas salomnicas: nada que
ver con esos palillos que las top model esos horribles
andrginos que algunos de los capos homosexuales de la
moda nos han terminado imponiendo, merecedores en todo
caso del dudoso ttulo de Miss Mathausen 1942 hacen
pasar por extremidades.
Medias de seda con costura, faltara ms, ligueros para
mantenerlas tensas y destacar el sexo como si sus arcos
fuesen una portada drica que lo enmarcara...
El colofn lo puso el calzado. Tacones altos, claro. Clsicos,
de corte saln, negros, con suela de ligera plataforma
y el detalle ertico de las pulseras abrochadas en los tobillos.
Toda una creacin. Le gustaba jugar a Pigmalin con sus
amadas, crearlas siempre, eso s, partiendo de una prometedora
base para la admiracin de los dems. Cada elogio que
luego recibieran ellas recaa en su trabajo. No en vano
era uno de los profesionales ms cotizados de su gremio.
Y siempre mantena con ellas la misma relacin. Algo fra
y distante, hubiesen dicho muchos. Pero marcadas por una
frase que oy, de nio, a su madre: lo importante no es ser
el primer hombre en la vida de una mujer, sino el ltimo.
Y de eso estaba seguro. Cuando, terminada la ceremonia,
las despeda en silencio, mientras sus bellos y admirados
cuerpos entraban en el horno crematorio, estaba seguro
de que el ltimo hombre que les haba hecho el amor haba
sido l, por supuesto.
Dado que el tab se manifiesta principalmente por prohibiciones,
podramos suponer, sin necesidad de buscar confirmacin
alguna en la investigacin de las neurosis, que tena su
base en deseos positivos. No vemos, en efecto, qu necesidad
habra de prohibir lo que nadie desea realizar; aquello
que se halla severamente prohibido tiene que ser objeto
de un deseo.
Sigmund Freud, Ttem y tab (1913).
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